Emily Nagoski señala un aprendizaje silencioso pero persistente: desde temprano, muchas personas interiorizan que el valor de su cuerpo y su “capacidad” debe medirse con reglas ajenas. En la escuela, en casa o en conversaciones casuales, se premia la aprobación externa—“así te ves mejor”, “así deberías rendir”—y se deja en segundo plano lo que el propio cuerpo experimenta.
A partir de ahí, la consecuencia es casi inevitable: en vez de usar las sensaciones internas como brújula, se adoptan las opiniones de otros como si fueran diagnósticos. Ese desplazamiento inicial prepara el terreno para una relación con el cuerpo basada más en evaluación que en escucha. [...]