Para entender por qué el agotamiento se presume, conviene observar la identidad que se construye alrededor de estar ocupado. Decir “no tengo tiempo” puede sonar como “soy demandado”, y en muchos entornos eso se interpreta como relevancia. Así, el cansancio se vuelve una credencial social: no describe un estado, sino un personaje.
Luego, esa identidad se refuerza con pequeños rituales cotidianos: responder mensajes a cualquier hora, normalizar jornadas interminables, competir por quién duerme menos. Lo que empieza como una etapa exigente termina pareciendo una forma de ser, y ahí es donde el agotamiento se confunde con mérito. [...]