La frase parte de una observación incómoda: lo externo puede golpearnos, pero no determina automáticamente nuestro sufrimiento. Entre el suceso y el dolor aparece un espacio interior—una lectura, un juicio, una historia que nos contamos—y es ahí donde el malestar adquiere forma.
De este modo, el enunciado no niega la realidad de los acontecimientos, sino que señala el mecanismo íntimo por el cual un hecho se convierte en aflicción. Lo que duele, en última instancia, es el significado que atribuimos: pérdida, humillación, amenaza o fracaso. [...]