En continuidad con esa crítica, la idea apunta al llamado “contrato psicológico”: las creencias implícitas sobre lo que la empresa “debería” dar a cambio del esfuerzo extra. Cuando alguien entrega disponibilidad total, identidad profesional y energía emocional, suele esperar reconocimiento, estabilidad o cuidado; pero si la organización responde con indiferencia, el contrato se percibe como roto.
Así, la “renuncia silenciosa” aparece como un mecanismo de protección: se vuelve al cumplimiento razonable del rol, no por cinismo, sino por aprendizaje. La frase lo enfatiza con una medida extrema —“ni siquiera pagaría el funeral”— para subrayar que la lealtad no puede ser unilateral sin volverse autoabandono. [...]