El cielo, a su vez, sigue la ley del Dao, y aquí la explicación deja de ser meramente astronómica o meteorológica. El Dao no es una regla escrita, sino la fuente del orden: el modo en que las cosas se despliegan por sí mismas. En el Dao De Jing (c. siglo IV a. C.) se insiste en que el Dao es anterior a los nombres y a las categorías, como un cauce que permite que el agua fluya sin tener que convencerla.
Este paso introduce una transición decisiva: lo más alto no es lo más rígido. Paradójicamente, el “principio” no se impone como decreto; opera como dirección natural. Por eso, el ideal taoísta del wu wei (no-forzar) no equivale a pasividad, sino a actuar sin fricción con el curso de los procesos. [...]