Una vez que existe una base estable, la complejidad puede introducirse como una serie de pequeñas extensiones: mejorar rendimiento, añadir tolerancia a fallos, ampliar funciones, automatizar operaciones. Cada paso se valida contra el sistema que ya funcionaba, lo que reduce el riesgo de romperlo todo a la vez. Este enfoque se parece más a la evolución que a la ingeniería de “catedral”: cambios incrementales, retroalimentación y selección de lo que sirve.
En ese proceso, los errores se vuelven información. Lo que falla orienta la siguiente modificación, y lo que funciona se conserva. Así, la complejidad se gana, no se impone. [...]