Además, más allá de las palabras, el cuerpo recuerda. Antonio Damasio, en El sentimiento de lo que sucede (1999), describe cómo emociones y mapas corporales fijan patrones de respuesta. Incluso gestos y destrezas —una receta heredada, una canción de cuna— se inscriben como memoria procedimental. Bessel van der Kolk, en El cuerpo lleva la cuenta (2014), subraya que los estados corporales preservan experiencias, no solo ideas.
Por eso, un aroma dispara ternuras y una melodía convoca abrazos: el célebre “efecto Proust” muestra que sentidos y emoción tejen atajos a lo amado. En consecuencia, convivimos físicamente con aquello que nos sostuvo; el cuerpo se vuelve archivo viviente de los vínculos que nos formaron. [...]