En la Crítica del juicio (1790), Kant describe el placer desinteresado de lo bello, un gusto que pretende validez compartida sin ser cálculo utilitario. Keats encarna esta idea al vincular belleza y alegría que no exige posesión ni provecho. Más atrás, Platón, en el Banquete, sugiere un ascenso desde lo bello sensible hacia lo inteligible, donde la forma otorga duración. Al cruzar estas tradiciones, la tesis de Keats se afianza: lo bello perdura porque su orden y su ritmo dialogan con algo estable en nosotros. Con esa base, podemos observar cómo arte y memoria operan juntos. [...]