Llegados aquí, se hace evidente que Heaney nos asigna una tarea: asumir un rol activo en la forma en que vivimos y contamos. No se trata de adornar la realidad con falsedades, sino de elegir el ángulo, el tono y las conexiones que realzan lo significativo. Como hace la poesía al destilar una experiencia en pocas líneas, nuestra narración diaria puede seleccionar lo esencial, aprender de los tropiezos y subrayar la belleza mínima. En consecuencia, cada persona se vuelve una especie de artesano de historias, responsable de que su vida no se reduzca a una sucesión de hechos, sino a una crónica que merezca ser repetida. [...]