Sin embargo, la misma potencia narrativa puede volverse arma. Durante el genocidio de Ruanda (1994), emisoras como RTLM difundieron mensajes de odio que deshumanizaban a los tutsis, catalizando la violencia mediante metáforas degradantes y consignas repetidas (Human Rights Watch, 1999). Las palabras, aquí, no describieron la realidad: la fabricaron, levantando muros de miedo y odio.
En la esfera digital, algo similar ocurre con las cámaras de eco y los filtros algorítmicos descritos por Eli Pariser en The Filter Bubble (2011): relatos homogéneos refuerzan sesgos y polarización. Cuando elegimos narrativas que simplifican enemigos y glorifican tribus, estrechamos el campo común. Por eso conviene medir el alcance de cada palabra: puede ser andamio para el encuentro o ladrillo en un muro. [...]