Más adelante, la idea del regreso a lo silencioso conecta con algo muy concreto: la recuperación. La sobreestimulación sostenida eleva la fatiga, fragmenta la concentración y vuelve más difícil sostener una emoción sin distraerse. En cambio, la pausa sin pantallas—caminar, mirar por la ventana, leer sin saltos—restaura un tipo de continuidad interna.
Muchos reconocen esto en escenas pequeñas: dejar el teléfono en casa y notar, al principio, una inquietud; luego, una respiración más lenta; finalmente, una sensación de “volver” a uno mismo. Ese recorrido muestra que el silencio no solo calma: también reordena. [...]