Para que “no hacer nada” sea radical, primero debe existir una cultura que trate el tiempo como un recurso explotable. En muchas economías contemporáneas, el lenguaje cotidiano lo delata: “invertir” tiempo, “ahorrar” minutos, “perder” horas. Así, el día se vuelve una cuenta que debe rendir, y el descanso pasa a justificarse solo si mejora el desempeño.
En consecuencia, la vida se organiza alrededor de métricas: entregas, objetivos, indicadores, hábitos. Odell apunta a ese marco mental donde la atención y el tiempo se administran como capital, y cualquier pausa se vive como deuda. [...]