Sin embargo, la honestidad no elude costos ni derrotas parciales. Camus subraya en El hombre rebelde (1951) la idea de medida: evitar la violencia simbólica del “todo o nada” y preferir la constancia. Esto implica poner bordes —políticas claras, responsabilidades acotadas— y sostenerlos sin teatralidad. El resultado no es espectacular, pero sí acumulativo: errores que se corrigen, incentivos que se alinean, confianzas que se sedimentan. Frente al desánimo o la tentación de exhibicionismo moral, vale recordar que la eficacia de la honestidad radica en su repetición serena, no en sus fuegos artificiales. [...]