Luego aparece el “brillo”, que no solo remite a lo visual, sino al fulgor del ritmo y la sonoridad. En la tradición lírica, lo brillante suele ser lo memorable: una metáfora nítida, una cadencia que se queda pegada a la mente, un giro que sorprende. Safo escribía para ser cantada, y esa condición musical explica el énfasis en lo relampagueante: un buen verso no solo significa, también suena. Así, el brillo es la cualidad que convierte una emoción privada en algo transmisible, casi contagioso. [...]