Aristóteles no está celebrando el dolor por el dolor, sino señalando una forma particular de belleza: la que nace del carácter. En su frase, “hermoso” no significa agradable ni decorativo, sino noble y digno de admiración, como cuando reconocemos en alguien una estatura interior que trasciende las circunstancias.
A partir de ahí, el sufrimiento deja de ser solo un hecho que se padece y se vuelve también un escenario donde se revela la calidad de la persona. La calamidad no embellece automáticamente; lo que puede volverla “hermosa” es la respuesta, la manera en que el ánimo se mantiene entero sin negar la gravedad de lo que ocurre. [...]