Imagina a alguien que vuelve a un apartamento impecable, pide cena a domicilio y se sienta frente a una pantalla enorme. No hay ruido, no hay carencias visibles, no hay urgencias económicas. Sin embargo, la noche pesa: mensajes sin responder, relaciones erosionadas, un trabajo sin sentido que solo se compensa con compras. La comodidad está completa; la conexión, no.
Esa escena ilustra la fuerza del aforismo: el dinero puede hacer que la miseria sea más “habitable”, y por eso más fácil de postergar. En lugar de empujar a cambiar, el confort puede permitir permanecer igual, mientras la tristeza se acomoda—literalmente—en el mejor de los sofás. [...]