A continuación, la neurociencia aporta un marco: el cerebro funciona como una máquina de predicciones que minimiza sorpresa y mantiene la homeostasis. La teoría del cerebro predictivo (Friston, c. 2010) sugiere que el error de predicción —la brecha entre lo esperado y lo real— activa respuestas de alerta. Cuando el cambio es grande y repentino, la brecha estalla: la amígdala intensifica la vigilancia, aumentan cortisol y noradrenalina, y la atención se estrecha en señales de amenaza. Más aún, al fallar nuestros modelos internos, el cuerpo interpreta incertidumbre como riesgo inmediato. Por eso el malestar no es capricho; es un mecanismo de supervivencia que prioriza seguridad sobre exploración. En términos simples, cuanto más disruptivo el suceso, más costoso es actualizar el mapa mental que nos permitía anticipar el siguiente paso. [...]