Luego aparece una paradoja psicológica: la autocrítica constante no siempre nace de lucidez, sino de autoabsorción. Si todo gira en torno a “yo no soy suficiente”, el centro sigue siendo el yo; solo cambió el signo. En ese sentido, Meir sugiere que cierta modestia es, en el fondo, una reclamación de grandeza: solo quien se imagina destinado a lo extraordinario se reprocha no estar a la altura de un ideal monumental.
Así, la frase obliga a una pregunta incómoda: ¿mi “humildad” reduce el protagonismo personal o lo aumenta? La diferencia se nota en el efecto: la humildad real libera a los demás; la performativa los carga. [...]