Para empezar, la sentencia de Betty Friedan nos invita a abandonar el mito de la “juventud perdida” y abrazar la vejez como una fase con agencia propia. En The Fountain of Age (1993), Friedan muestra que la madurez abre un horizonte de crecimiento, relación y contribución que no replica la juventud, sino que la trasciende. Al cambiar la pregunta de “¿qué ya no puedo?” por “¿qué sí puedo ahora?”, emergen metas más auténticas y un uso más sabio de la energía. Este giro no niega las pérdidas, pero las integra, convirtiendo la experiencia acumulada en brújula para tomar decisiones con mayor sentido. [...]