El lenguaje no solo describe el mundo: lo recorta, lo ordena y lo vuelve compartible. Gracias a él, conceptos como “hogar”, “privado”, “seguro” o “prohibido” se estabilizan y pueden transmitirse, incluso antes de que exista un edificio que los encarne. En esa medida, el lenguaje funciona como una infraestructura cognitiva y social: sostiene interpretaciones comunes y permite anticipar acciones.
A partir de ese sostén, se hace posible que una comunidad discuta qué necesita, qué teme y qué valora. Ludwig Wittgenstein, en sus *Investigaciones filosóficas* (1953), sugiere que el significado vive en el uso; por eso, el sustrato lingüístico no es abstracto, sino práctico y cotidiano. [...]