La frase de Susan Sontag parte de un momento casi silencioso: una intuición que todavía no es argumento, programa ni consigna, sino una certeza sensible de que algo importa. En esa etapa, el coraje es estrictamente privado porque se ejerce contra la duda propia: ¿y si exagero?, ¿y si me equivoco?, ¿y si nadie entiende?
Sin embargo, Sontag sugiere que la intuición no se valida solo en la cabeza, sino al convertirse en acción visible. Al darle forma pública—un texto, una pregunta en voz alta, una denuncia, una intervención—la intuición deja de ser solo un sentimiento y se transforma en un punto de referencia para otros. [...]