Si lo más escaso es la atención, entonces conservarla es riqueza. La frase llama “lujo definitivo” a una autonomía que no se compra con dinero: mantener la mente propia cuando todo compite por tomarla prestada. Aquí el lujo deja de ser objeto y se vuelve condición: un espacio interno sin ocupación forzada.
En la práctica, esta clase de lujo se nota en gestos simples: responder tarde y mejor, no entrar en la espiral de opinión inmediata, sostener rutinas aunque el entorno premie lo espectacular. Ese tipo de coherencia, aunque discreta, termina siendo una señal de estatus inverso: demuestra que la vida no está gobernada por el sobresalto. [...]