Además, escribir clarifica afectos. La investigación de James W. Pennebaker mostró que la escritura expresiva puede mejorar indicadores de salud y regular emociones al organizar experiencias difíciles en narrativas manejables (Pennebaker, 1997). Al poner en palabras lo confuso, la memoria encuentra hilos causales y la atención deja de girar en bucle. Así, conocer lo que sentimos se entrelaza con saber lo que pensamos: el lenguaje hace que ambos sistemas dialoguen. Con todo, esta potencia demanda prudencia, porque toda narración selecciona y, al seleccionar, deja fuera. De ahí que convenga considerar los límites de la historia que nos contamos. [...]