Más allá del dinero, el ciclo tiene costos invisibles: ansiedad por pagos, horas extra, discusiones domésticas y una autoestima atada a la aprobación ajena. La compra, que prometía seguridad, termina exigiendo mantenimiento emocional: cuidar la apariencia, defender la decisión y seguir el ritmo de la comparación.
En consecuencia, se vuelve difícil distinguir logros auténticos de “escenografía”. Rogers sugiere que la libertad no depende tanto de cuánto se gana, sino de cuánto control se tiene sobre las motivaciones; cuando el consumo dirige la identidad, la identidad termina sirviendo al consumo. [...]