Marco Aurelio, en sus *Meditaciones* (c. 170 d. C.), insiste en pausar antes de añadir interpretaciones: “No son las cosas las que nos perturban…”—una idea también atribuida a Epicteto. Primero ocurre la impresión; después, la mente decide qué significa. Entre ambos momentos hay un espacio pequeño pero decisivo.
Con el tiempo, esa pausa se vuelve hábito: nombrar el hecho sin adjetivos (“me criticaron”, “se canceló el plan”) y recién luego evaluar qué es razonable pensar. Así, el dolor inicial no se convierte necesariamente en tormento, porque la mente deja de alimentar el incendio con conclusiones absolutas. [...]