La imperfección también es relacional: reconocemos a otros como semejantes porque comparten límites, fragilidades y ambivalencias. Una máquina puede simular cortesía o cuidado, pero la experiencia humana del vínculo suele incluir torpezas, malentendidos, reparaciones y perdón. Es precisamente esa textura imperfecta la que construye intimidad y comunidad.
En consecuencia, cuanto más pulida sea la interacción automática, más puede destacarse el valor de lo humano como presencia imperfecta pero auténtica: alguien que escucha con fallas, que se conmueve, que se equivoca y vuelve a intentar. [...]