El verbo “escribe” no es casual: sugiere que las verdades vitales necesitan ser pensadas, nombradas y fijadas. Al escribirlas, dejamos de vivirlas de forma difusa y las hacemos conscientes, casi tangibles. De modo similar, en *Vivir para contarla* (2002), García Márquez muestra cómo narrar la propia vida es también ordenarla y comprenderla. Poner por escrito nuestras pequeñas verdades —como la importancia de la honestidad, la lealtad o la curiosidad— crea una brújula personal. Esta brújula, aunque discreta, permite orientarse cuando las circunstancias externas cambian de manera abrupta. [...]