La “gran bienvenida” ocupa un lugar central en la cita, porque marca el tono de todo lo que sigue. En la tradición europea del Renacimiento, la hospitalidad era sinónimo de honor: abrir la casa y el corazón al invitado confería prestigio al anfitrión. En obras como “El mercader de Venecia” (c. 1596), la manera de recibir a otros revela la verdadera nobleza de un personaje, más que sus posesiones. De este modo, Shakespeare recoge una sabiduría antigua: un buen recibimiento convierte cualquier mesa modesta en un espacio de abundancia emocional. [...]