Curiosidad y asombro también describen el pulso de la creatividad. La curiosidad busca combinaciones y detalles; el asombro rompe la costumbre que encierra la imaginación. Juntas, estas fuerzas permiten experimentar sin la exigencia inmediata de “tener razón”, lo cual es vital para cualquier proceso creativo, desde escribir hasta investigar.
Además, esa creatividad no nace de la grandilocuencia, sino de la atención. Un paseo que revela una sombra extraña, una conversación que expone una idea inesperada, una lectura que contradice lo asumido: cada chispa de asombro puede abrir un proyecto. De ese modo, el esfuerzo creativo deja de depender del ánimo y empieza a depender de la disposición a mirar el mundo como si aún pudiera sorprender. [...]