Curiosidad y asombro como motores del esfuerzo

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Deja que la curiosidad sea tu brújula; el asombro abre puertas a un nuevo esfuerzo. — Kōbō Abe
Deja que la curiosidad sea tu brújula; el asombro abre puertas a un nuevo esfuerzo. — Kōbō Abe

Deja que la curiosidad sea tu brújula; el asombro abre puertas a un nuevo esfuerzo. — Kōbō Abe

Una brújula interior para orientarse

Kōbō Abe propone una imagen sencilla y potente: la curiosidad como brújula. A diferencia de un mapa, que fija rutas previstas, una brújula solo marca dirección; por eso la curiosidad no promete certezas, sino un “hacia dónde” que se ajusta mientras avanzamos. En esa metáfora hay una invitación a vivir el aprendizaje como exploración, no como cumplimiento. A partir de ahí, la frase sugiere que el sentido de orientación más útil no siempre viene de metas rígidas, sino de preguntas vivas. Cuando uno se permite seguir lo que intriga—un detalle, una contradicción, un vacío de conocimiento—aparece un camino que quizá no estaba planificado, pero sí auténticamente propio.

El asombro como apertura de puertas

Si la curiosidad señala una dirección, el asombro funciona como el gesto que empuja la puerta. Abe vincula el asombro con la posibilidad: esa sensación de “no sabía que esto existía” que ensancha el mundo y cambia lo que considerábamos normal. En términos narrativos, el asombro es el umbral donde lo conocido deja de bastar. Por eso, el asombro no es solo emoción estética; es un mecanismo de apertura. Primero descoloca, luego invita a mirar de nuevo, y finalmente habilita una decisión: entrar. Con ese tránsito, la mente pasa de la simple observación a la disposición activa, como quien descubre una sala oculta en una casa familiar y de pronto quiere recorrerla entera.

Del descubrimiento al nuevo esfuerzo

La segunda mitad de la cita es crucial: el asombro “abre puertas a un nuevo esfuerzo”. Es decir, no se queda en la contemplación; se convierte en energía para intentar. La novedad, cuando se experimenta como posibilidad, despierta ganas de practicar, de construir, de probar hipótesis, incluso de fallar con sentido. En esa transición, el esfuerzo deja de ser únicamente disciplina y se vuelve respuesta natural a lo descubierto. Como cuando alguien escucha un instrumento por primera vez, se asombra y, casi sin darse cuenta, empieza a buscar cómo se toca: el asombro hace visible una meta que antes ni existía, y entonces el trabajo aparece como continuación lógica de la maravilla.

Una ética de preguntas antes que respuestas

Al leer a Abe, se percibe una preferencia por la pregunta como forma de vida. En vez de perseguir respuestas definitivas, la frase sugiere cultivar condiciones internas—curiosidad y asombro—que mantienen el pensamiento en movimiento. Esto se conecta con una tradición intelectual amplia: Platón muestra en el *Teeteto* (c. 369 a. C.) que la filosofía comienza en el asombro. Así, el valor no está solo en resolver, sino en sostener la incomodidad fértil de lo que aún no se entiende. Cuando se normaliza la pregunta, el mundo se vuelve más habitable: no porque sea más simple, sino porque nuestra relación con lo incierto se vuelve más creativa y menos defensiva.

Creatividad: explorar sin garantías

Curiosidad y asombro también describen el pulso de la creatividad. La curiosidad busca combinaciones y detalles; el asombro rompe la costumbre que encierra la imaginación. Juntas, estas fuerzas permiten experimentar sin la exigencia inmediata de “tener razón”, lo cual es vital para cualquier proceso creativo, desde escribir hasta investigar. Además, esa creatividad no nace de la grandilocuencia, sino de la atención. Un paseo que revela una sombra extraña, una conversación que expone una idea inesperada, una lectura que contradice lo asumido: cada chispa de asombro puede abrir un proyecto. De ese modo, el esfuerzo creativo deja de depender del ánimo y empieza a depender de la disposición a mirar el mundo como si aún pudiera sorprender.

Cómo convertir la brújula en hábito cotidiano

Para que la curiosidad realmente funcione como brújula, necesita repetición: pequeños actos que mantengan el rumbo. Por ejemplo, cambiar “tengo que entender esto” por “¿qué parte de esto me intriga?” transforma la presión en exploración. Del mismo modo, reservar un espacio semanal para aprender algo sin utilidad inmediata protege el asombro del desgaste de lo urgente. Finalmente, el “nuevo esfuerzo” se vuelve sostenible cuando se asocia a pasos concretos: tomar notas, hacer una prueba mínima, conversar con alguien que sepa más. Así, Abe no está idealizando la inspiración, sino proponiendo un circuito práctico: la curiosidad orienta, el asombro abre, y el esfuerzo construye lo que antes era solo una puerta cerrada.