Del asombro personal a la bondad colectiva

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Busca el asombro y luego utiliza lo que aprendas para hacer el mundo más amable. — Carl Sagan
Busca el asombro y luego utiliza lo que aprendas para hacer el mundo más amable. — Carl Sagan

Busca el asombro y luego utiliza lo que aprendas para hacer el mundo más amable. — Carl Sagan

El asombro como punto de partida

Carl Sagan propone primero una actitud ante la realidad: buscar el asombro. No se trata solo de admirar lo espectacular del universo, sino de entrenar la mirada para sorprenderse también con lo cotidiano: una hoja que hace fotosíntesis, el cielo nocturno sobre la ciudad, o el simple hecho de estar vivos. Así como en “Cosmos” (1980) Sagan usaba la maravilla científica para acercar la astronomía al público, aquí sugiere que el asombro es una puerta a una comprensión más profunda, no un fin en sí mismo. Desde esa emoción inicial, se abre la posibilidad de aprender, cuestionar y expandir nuestros horizontes intelectuales.

Del asombro al conocimiento

Una vez despertado el asombro, el siguiente paso natural es aprender. El asombro impulsa preguntas: ¿por qué? ¿cómo? ¿de dónde viene esto? Aristóteles ya señalaba en su “Metafísica” que la filosofía nace del maravillar-se. Del mismo modo, Sagan vincula la curiosidad con la investigación científica y el pensamiento crítico. No basta con quedarse fascinados; hace falta transformar esa fascinación en conocimiento sistemático, en comprensión de causas y conexiones. Este proceso convierte la emoción inicial en una herramienta: conocer mejor el mundo, sus leyes y sus fragilidades, para luego poder actuar sobre él de manera más lúcida y responsable.

Comprender para ser más compasivos

La transición clave en la frase de Sagan está en el “luego utiliza lo que aprendas”. Lo aprendido no está destinado solo a aumentar nuestro poder o ventaja personal, sino a hacernos más conscientes de nuestra interdependencia. Al entender, por ejemplo, la fragilidad de la biosfera o la improbabilidad estadística de la vida humana en el cosmos, se vuelve más difícil sostener la indiferencia o la crueldad. En “Un punto azul pálido” (1994), Sagan describe la Tierra como un diminuto punto suspendido en un rayo de luz, y de esa imagen concluye un imperativo ético: ser más amables entre nosotros, porque en este pequeño escenario ocurre toda nuestra historia.

Ciencia, ética y responsabilidad compartida

Este vínculo entre aprendizaje y amabilidad también es un recordatorio sobre el uso responsable del conocimiento. La historia del siglo XX muestra cómo los avances científicos pueden servir tanto a la destrucción como al bienestar, desde la energía nuclear hasta la ingeniería genética. Sagan, que advirtió repetidamente sobre la carrera armamentista, insistía en que la ciencia sin un marco ético puede ser peligrosa. Por eso sugiere que el conocimiento que nace del asombro debería orientarse hacia la empatía, la cooperación y la reducción del sufrimiento. No es un rechazo a la técnica, sino una invitación a alinearla con valores humanistas.

Hacer el mundo más amable en lo cotidiano

Finalmente, el mandato de “hacer el mundo más amable” no se limita a grandes gestas globales; empieza en lo pequeño. Aplicar lo aprendido puede significar desde apoyar políticas basadas en evidencia hasta cambiar la forma en que hablamos con quienes piensan distinto. Si entendemos mejor los sesgos cognitivos, podemos ser menos agresivos en discusiones; si comprendemos la desigualdad estructural, podemos ser más solidarios en nuestras decisiones cotidianas. Así, la frase de Sagan traza un recorrido completo: del asombro a la comprensión, y de la comprensión a actos concretos de bondad, demostrando que el conocimiento más valioso es aquel que mejora la manera en que nos tratamos unos a otros.