
La pertenencia no es un servicio que deba subcontratarse a una aplicación; la crean las personas, en salas, con intención. — Samuel J. Abrams
—¿Qué perdura después de esta línea?
El sentido central de la frase
Samuel J. Abrams plantea una advertencia profundamente contemporánea: la pertenencia no puede delegarse a una plataforma como si fuera una tarea logística. En otras palabras, una aplicación puede facilitar contactos, coordinar encuentros o sugerir afinidades, pero no puede producir por sí sola el vínculo humano que hace que alguien se sienta realmente visto, esperado y valorado. Desde ahí, la cita desplaza la atención desde la tecnología hacia la responsabilidad compartida. La pertenencia, sugiere Abrams, surge cuando las personas se reúnen con intención en espacios concretos —“en salas”— y construyen confianza mediante presencia, escucha y repetición. Así, lo esencial no es la herramienta, sino la voluntad humana de crear comunidad.
Por qué la tecnología no basta
A primera vista, muchas aplicaciones prometen resolver la soledad conectando individuos con rapidez y eficiencia. Sin embargo, esa lógica confunde contacto con comunidad. Como ha mostrado Robert D. Putnam en Bowling Alone (2000), las sociedades pueden estar llenas de redes y, al mismo tiempo, experimentar una erosión del capital social, es decir, de los lazos reales de confianza y reciprocidad. Por eso, la frase de Abrams introduce un matiz decisivo: pertenecer no equivale a estar registrado, emparejado o añadido a un grupo. Más bien, requiere experiencias compartidas y reconocimiento mutuo. Una app puede abrir la puerta, pero cruzarla y convertir ese umbral en hogar depende de encuentros humanos sostenidos.
La importancia de las salas y la presencia
La referencia a las “salas” no debe leerse solo de forma literal, aunque también importa lo físico. Evoca aquellos espacios donde la convivencia adquiere espesor: aulas, comedores, iglesias, centros vecinales, oficinas o salas de estar. En esos lugares, la pertenencia se vuelve tangible porque los gestos cuentan tanto como las palabras: alguien guarda una silla, recuerda un nombre o pregunta por una ausencia. A continuación, se entiende mejor por qué Abrams insiste en la intención. Un espacio no crea comunidad automáticamente; necesita normas tácitas de hospitalidad y atención. Ray Oldenburg, en The Great Good Place (1989), describió los “terceros lugares” como ámbitos decisivos para la vida cívica precisamente porque permiten encuentros regulares que convierten a extraños en conocidos y, con el tiempo, en aliados.
La intención como acto de construcción
Si el espacio por sí solo no alcanza, la intención se vuelve el verdadero motor de la pertenencia. Esto implica diseñar interacciones en las que las personas no solo coincidan, sino que participen de manera significativa. Un ejemplo sencillo lo ilustra bien: no es lo mismo asistir a un evento multitudinario donde nadie conversa en profundidad que a una pequeña reunión donde alguien facilita presentaciones y abre un tema común que invite a hablar con honestidad. En ese sentido, la cita de Abrams también es normativa: nos recuerda que la comunidad se construye deliberadamente. Del mismo modo que un anfitrión prepara una mesa para que otros se sientan cómodos, los líderes, docentes, vecinos o amigos crean pertenencia cuando piensan quién queda fuera, cómo invitarlo y qué prácticas sostendrán su integración en el tiempo.
Un correctivo frente a la soledad moderna
Vista en un contexto más amplio, la frase responde a una época marcada por la hiperconexión y, paradójicamente, por el aislamiento. Sherry Turkle, en Alone Together (2011), observó que las tecnologías digitales pueden ofrecernos la ilusión de compañía sin las exigencias de la intimidad real. Precisamente ahí encaja la advertencia de Abrams: externalizar la pertenencia a una app puede resultar cómodo, pero también puede vaciarla de riesgo, paciencia y compromiso. Por consiguiente, su idea funciona como un correctivo cultural. Nos insta a recuperar prácticas más lentas y encarnadas: reunirse, organizar, escuchar y volver a encontrarse. La pertenencia auténtica no elimina la fricción humana; la atraviesa. Y justamente porque requiere tiempo y esfuerzo, termina siendo más sólida que cualquier sensación instantánea de conexión digital.
Lo que esta idea exige de nosotros
Finalmente, la fuerza de la cita reside en que transforma un diagnóstico social en una tarea personal. Si la pertenencia la crean las personas, entonces cada uno participa en su presencia o en su ausencia. No basta con lamentar la fragmentación social o esperar que una plataforma nos entregue comunidad bajo demanda; hace falta convertirse en alguien que invita, organiza, recuerda y acoge. En última instancia, Abrams devuelve dignidad al acto cotidiano de reunirse con intención. Crear pertenencia puede parecer modesto —abrir una sala, iniciar una conversación, sostener un grupo—, pero ahí se funda gran parte de la vida común. La comunidad no se descarga: se practica, se cuida y se renueva cada vez que las personas deciden estar realmente unas para otras.
Un minuto de reflexión
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