El ritmo vence al pánico en tu recorrido

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Sigue corriendo tu propio recorrido; el ritmo perdura más que el pánico. — Haruki Murakami

Ritmo como brújula interna

La frase de Murakami invita a sostener el compás propio incluso cuando el entorno empuja al apuro. Correr —metáfora de vivir y crear— requiere una brújula interna que no se deje arrastrar por comparaciones ni urgencias ajenas. El pánico acelera sin dirección; el ritmo, en cambio, ordena, ahorra energía y permite llegar. No se trata de ir despacio, sino de ir a tu paso: ese punto donde la respiración, la atención y la intención se alinean. En ese lugar, la constancia convierte el esfuerzo en hábito y el avance en promesa. Para comprender por qué el pánico nos traiciona y el ritmo nos sostiene, conviene mirar a la psicología del rendimiento.

La psicología del pánico y el rendimiento

La ley de Yerkes-Dodson (1908) sugiere que un nivel moderado de activación mejora el desempeño, pero el exceso lo sabotea. El pánico rompe la coordinación fina: respiración alta, pensamiento estrecho, pasos atropellados. El ritmo, en contraste, regula esa activación con señales simples: una exhalación que dura más que la inhalación, una cadencia estable, una meta cercana repetida. Así, la atención vuelve al presente y el cuerpo recupera economía. Este principio no sólo vale para correr: también estabiliza la escritura, el estudio o una conversación difícil. Con esa base, la obra de Murakami ofrece una prueba vivida de cómo el compás sostenido vence al miedo.

Murakami: correr para escribir, escribir para correr

En De qué hablo cuando hablo de correr (2007), Murakami relata cómo el entrenamiento cotidiano —kilómetros grises, madrugadas, repeticiones— alimenta su oficio literario. Narra maratones y un ultramaratón de 100 km en Hokkaido como ejercicios de carácter, donde la gloria está menos en la llegada que en sostener el paso cuando la mente grita detente. Esa disciplina traslada al escritorio: horas fijas, páginas contadas, paciencia radical. De este modo, el corredor-escritor encarna la tesis: el ritmo perdura más que el pánico, porque convierte el deseo en hábito y el hábito en obra. Desde allí brotan estrategias concretas para no perder el compás en la práctica diaria.

Técnicas para sostener el compás

Primero, empieza más lento de lo que te pide la adrenalina: el margen inicial protege el final. Luego, divide el recorrido en tramos y celebra micro-logros; el cerebro coopera cuando percibe progreso. Usa un mantra respirable —“aquí y ahora”— como metrónomo y toma las métricas como brújulas, no como amos. En carrera, los parciales parejos suelen vencer a los arranques fulgurantes; en el trabajo, bloques consistentes superan madrugones heroicos. Incluso los élites cuidan el paso: el proyecto INEOS 1:59 de Eliud Kipchoge (2019) demostró cómo una pauta precisa de ritmo hace posible lo extraordinario. Con estas herramientas, el cuerpo aprende a confiar y la mente a perseverar.

Resiliencia: la fuerza que madura despacio

La resiliencia no irrumpe; sedimenta. El ritmo crea memoria somática: cada repetición refuerza rutas eficientes y calma la alarma interna. Cuando llega el tramo difícil, esa memoria susurra: ya has estado aquí, sigue. Por eso el progreso real es casi invisible de un día a otro, pero innegable de mes en mes. Además, el compás sostenido permite ajustar: si hoy hay viento en contra, acorta la zancada y ahorra; si mañana sopla a favor, suelta. Esta adaptabilidad, nacida del hábito, es lo opuesto al pánico, que sólo conoce extremos. De allí se desprende una lección amplia que trasciende el asfalto.

Aplicarlo fuera de la pista

En el estudio, define sesiones breves y repetibles; en la oficina, rituales de apertura y cierre; en una crisis, la siguiente acción pequeña que mantenga el avance. Así, el ritmo se vuelve un contrato contigo: realista, pero inflexible en su constancia. Y cuando el mundo acelere, recuerda la ecuación de Murakami: tu recorrido es tuyo y su medida es el compás, no el apuro. Porque el pánico puede gritar más fuerte, pero el ritmo —silencioso y terco— llega más lejos y se queda más tiempo.