Raíces que anclan, alas que desafían cielos

Cultiva raíces que te anclen al propósito y alas que pongan a prueba el cielo. — Haruki Murakami
Propósito como raíz fértil
Para entender la imagen de Murakami, conviene empezar por las raíces: aquello que nutre, sostiene y orienta. El propósito cumple esa función, pues evita que la ambición sea puro impulso sin dirección. Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido (1946), muestra cómo una razón para vivir puede convertir la adversidad en terreno abonado. De modo afín, la disciplina cotidiana de Murakami al correr —narrada en De qué hablo cuando hablo de correr (2007)— ilustra cómo un hábito con sentido ancla la identidad y prepara el cuerpo para largos trayectos creativos.
Alas de curiosidad y riesgo creativo
Desde esas raíces, crecen alas que invitan a explorar. Murakami relata que decidió escribir su primera novela durante un partido de béisbol en 1978, un instante de claridad que lo llevó a cerrar su bar de jazz Peter Cat y a publicar Escucha la canción del viento (1979). Ese salto, contado en sus memorias de 2007, no fue temerario por capricho, sino una prueba del cielo que solo se intenta cuando el deseo de descubrir supera el miedo. Las alas, así, simbolizan la valentía de ir más allá de los límites sin olvidar de dónde venimos.
La tensión que sostiene el vuelo
Sin embargo, volar no significa desarraigo. La ética de la medida de Aristóteles en Ética a Nicómaco (c. 350 a. C.) sugiere que la virtud suele habitar en un punto medio dinámico. En Kafka en la orilla (2002), Murakami hace convivir lo cotidiano con lo insólito: personajes que transitan lo onírico se sostienen en rituales, música y bibliotecas. Así, entre propósitos que anclan y aspiraciones que elevan, se teje una tensión creativa: la cuerda no debe estar ni floja ni a punto de romperse. En esa cuerda tensa se encuentra el tono de una vida plena.
Hábitos que anclan y expanden
En términos prácticos, las raíces se alimentan de rutinas con sentido y las alas se entrenan con microexperimentos. La investigación sobre hábitos de Charles Duhigg en The Power of Habit (2012) explica cómo los bucles de señal, rutina y recompensa consolidan comportamientos; Cal Newport, en Deep Work (2016), muestra que la concentración profunda amplía la capacidad de crear. Integrar bloques de trabajo intenso con espacios de exploración deliberada fomenta estabilidad y descubrimiento. Así, el día se vuelve una coreografía: anclas por la mañana, vuelos por la tarde, y una revisión nocturna que ajusta rumbo y aprendizajes.
Ética del ascenso: lecciones de Ícaro
Ahora bien, poner a prueba el cielo exige prudencia. El mito de Ícaro en las Metamorfosis de Ovidio (8 d. C.) advierte que el ascenso sin juicio derrite la cera. Esa cautela no niega el vuelo; lo perfecciona. En La crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994), Murakami insinúa que a veces hay que descender al silencio para volver a emerger con claridad. La clave es orientar la ambición hacia bienes valiosos y ejercitar la deliberación práctica: altura con criterio, riesgo con preparación, velocidad con lectura atenta del clima moral y emocional.
Comunidad y legado en el horizonte
Finalmente, ninguna raíz prospera en soledad ni ninguna ala aprende a leer corrientes sin una bandada. Robert Putnam, en Bowling Alone (2000), muestra cómo el capital social sostiene proyectos duraderos. Mentores, colegas y lectores dan contexto y sentido al esfuerzo individual, del mismo modo que los clubes de jazz y los maratones dieron a Murakami ritmos compartidos. Así, el propósito se vuelve legado cuando arraiga en comunidades que perduran. Al cerrar el círculo, descubrimos que cultivar raíces y probar cielos es un movimiento coral: uno avanza, sí, pero siempre con otros.