Convertir el anhelo en brújula y no prisión

Copiar enlace
3 min de lectura
Que el anhelo sea una brújula, no una cadena. — Hafez
Que el anhelo sea una brújula, no una cadena. — Hafez

Que el anhelo sea una brújula, no una cadena. — Hafez

Del deseo que ata al deseo que guía

El verso de Hafez nos propone una distinción sutil pero decisiva: el anhelo puede ser una brújula que orienta nuestra vida o una cadena que la inmoviliza. Es decir, el mismo impulso interno que nos mueve hacia algo mejor puede, si lo vivimos de forma rígida u obsesiva, convertirse en fuente de sufrimiento. Así, desde el inicio se nos invita a revisar no tanto lo que deseamos, sino cómo nos relacionamos con nuestros deseos y expectativas.

Brújula interior: dirección sin rigidez

Al hablar de anhelo como brújula, Hafez sugiere un deseo que marca rumbo, pero deja espacio a la libertad y al cambio. Como una aguja que indica el norte, el anhelo señala lo que consideramos valioso: amor, justicia, belleza, realización. En la tradición mística persa, este impulso suele entenderse como nostalgia de lo divino, un movimiento del corazón hacia su origen. Sin embargo, a diferencia de un mapa inflexible, la brújula permite ajustar el camino a medida que avanzamos, aceptando imprevistos y desvíos sin perder el sentido profundo de dirección.

La cadena del apego y la obsesión

En contraste, el anhelo convertido en cadena aparece cuando nos apegamos a una forma concreta del deseo: una sola persona, un resultado específico, una imagen fija de éxito. En ese punto, el deseo deja de inspirar y comienza a encarcelar; ya no es impulso creativo, sino exigencia que se vive con miedo y ansiedad. Textos sufíes como los de Rumi muestran personajes atrapados en la ilusión de poseer lo amado, olvidando que el anhelo auténtico apunta más allá de los objetos concretos hacia una plenitud más amplia. Así, el problema no es querer, sino confundir el camino con la meta definitiva.

El arte de caminar con el propio anhelo

Para que el anhelo funcione como brújula es necesario aprender a caminar con él, en lugar de dejar que nos arrastre. Esto implica observar nuestros deseos, reconocer su intensidad y, al mismo tiempo, mantener cierta ligereza interior. Prácticas contemplativas descritas en la poesía de Hafez proponen transformar el deseo en pregunta: ¿qué aspecto más profundo de mí está buscando expresarse aquí? De este modo, incluso un deseo frustrado deja de ser una cadena, porque se convierte en información valiosa sobre nuestra dirección vital y no en un veredicto sobre nuestro valor personal.

Libertad interior: desear sin perderse a uno mismo

Finalmente, el verso apunta a una forma de libertad interior donde es posible desear intensamente sin quedar esclavizados por el resultado. Desear como brújula significa permitir que el anhelo nos oriente hacia relaciones más auténticas, trabajos más significativos o una vida espiritual más honda, sin que ninguno de esos fines se vuelva condición absoluta para sentirnos dignos o en paz. Así, la enseñanza de Hafez se resume en una invitación práctica: usar el anhelo como señal del camino a seguir, pero recordar, a cada paso, que nuestra verdadera libertad no depende de obtenerlo todo, sino de no convertir nada en nuestra prisión.