El anhelo como brújula del oficio

Sigue el pulso del anhelo; marca la dirección de tu oficio — Hafez
El anhelo como pulso interior
La frase de Hafez propone empezar por lo más íntimo: no una idea abstracta de éxito, sino el “pulso” del anhelo, ese latido persistente que vuelve una y otra vez aunque cambiemos de planes. Al llamarlo pulso, sugiere algo corporal y verificable: se siente en la energía que aparece al hablar de un tema, en la atención que se enciende al practicar una habilidad, o incluso en la incomodidad que nace cuando nos alejamos de lo que de verdad importa. A partir de ahí, el anhelo deja de ser capricho y se vuelve señal. No promete que el camino sea fácil, pero sí que es vivo; por eso, escuchar ese ritmo interno es el primer paso para que la elección profesional no sea solo razonable, sino también significativa.
De la emoción a la dirección
Sin embargo, Hafez no se queda en la pura emoción: el anhelo “marca la dirección”, es decir, orienta decisiones concretas. La imagen sugiere que el deseo auténtico funciona como una brújula: no camina por nosotros, pero evita que avancemos a ciegas. En vez de preguntar únicamente “¿en qué soy bueno?”, la frase invita a añadir “¿qué me llama con insistencia, aun cuando me cueste?”. Así, la dirección no siempre aparece como un destino claro; a veces es un “norte” que se confirma por aproximaciones. Un taller tomado por curiosidad, un proyecto pequeño después del trabajo, o una conversación que nos deja pensando pueden ser maneras de comprobar si el pulso se fortalece cuando lo seguimos.
El oficio como práctica, no como título
Luego aparece una palabra decisiva: “oficio”. No habla de prestigio ni de etiqueta social, sino de una relación sostenida con una práctica. Un oficio se construye con repetición, errores, paciencia y refinamiento; por eso, el anhelo aquí no es un impulso fugaz, sino el combustible que permite volver al banco de trabajo cuando el entusiasmo inicial se agota. En ese sentido, el consejo es realista: si el anhelo marca la dirección del oficio, también señala el tipo de esfuerzo que estamos dispuestos a asumir. Lo que amamos no elimina la disciplina; la vuelve tolerable, e incluso digna, porque cada intento se siente como parte de una historia propia.
Discernir entre ruido y llamado
Ahora bien, no todo deseo es brújula: hay anhelos prestados por la comparación, la moda o el miedo a quedarnos atrás. Por eso, seguir el pulso implica discernimiento. Una pista es la duración: el ruido suele ser intenso y breve, mientras que el llamado persiste, madura y se vuelve más preciso con el tiempo. Otra pista es la cualidad: el anhelo auténtico no siempre es cómodo, pero suele traer una sensación de coherencia interna. Aquí puede ayudar una práctica sencilla: observar qué actividades nos absorben sin esfuerzo artificial, o en cuáles aceptamos aprender desde cero sin sentir humillación. En esa humildad sostenida suele esconderse la señal más confiable de dirección.
Riesgo, fidelidad y crecimiento
Seguir el anhelo, aun cuando marque una dirección clara, implica riesgo: renunciar a rutas seguras, tolerar la incertidumbre y aceptar que el progreso no será lineal. En la tradición poética sufí en la que se inscribe Hafez, el deseo es a menudo una fuerza transformadora: no solo apunta a algo externo, sino que rehace a quien lo sigue, puliendo carácter y percepción. Por eso, el consejo final no es romántico en el sentido superficial; es una invitación a la fidelidad. Permanecer cerca de ese pulso, incluso con pasos pequeños, convierte la vocación en crecimiento acumulativo. Con el tiempo, lo que empezó como anhelo puede volverse obra: algo que no solo hacemos, sino que nos hace.