Luego aparece una palabra decisiva: “oficio”. No habla de prestigio ni de etiqueta social, sino de una relación sostenida con una práctica. Un oficio se construye con repetición, errores, paciencia y refinamiento; por eso, el anhelo aquí no es un impulso fugaz, sino el combustible que permite volver al banco de trabajo cuando el entusiasmo inicial se agota.
En ese sentido, el consejo es realista: si el anhelo marca la dirección del oficio, también señala el tipo de esfuerzo que estamos dispuestos a asumir. Lo que amamos no elimina la disciplina; la vuelve tolerable, e incluso digna, porque cada intento se siente como parte de una historia propia. [...]