Cambiar el mundo sin renunciar al disfrute

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Me levanto cada mañana decidido tanto a cambiar el mundo como a pasarla condenadamente bien. A veces
Me levanto cada mañana decidido tanto a cambiar el mundo como a pasarla condenadamente bien. A veces esto hace que planear el día sea difícil. — E.B. White

Me levanto cada mañana decidido tanto a cambiar el mundo como a pasarla condenadamente bien. A veces esto hace que planear el día sea difícil. — E.B. White

La tensión entre idealismo y placer

E.B. White confiesa que cada mañana despierta con dos impulsos contradictorios: transformar el mundo y disfrutarlo intensamente. Desde el inicio, la frase revela una tensión fundamental de la vida moderna: el conflicto entre la entrega a una causa y la búsqueda del goce personal. Esta dualidad no es nueva; ya en Montaigne, en sus “Ensayos” (1580), aparece la pregunta de cuánto debemos al mundo y cuánto a nuestra propia felicidad. Sin embargo, White la condensa en una imagen cotidiana: la simple dificultad de planear el día.

Responsabilidad moral y deseo de impacto

Por un lado, el deseo de “cambiar el mundo” expresa un sentido de responsabilidad moral. Implica asumir que no basta con atravesar la vida como espectador; hay que intervenir. Este impulso recuerda a figuras como Martin Luther King Jr., quien en su discurso de 1967 sobre la justicia social insistía en que la neutralidad ante la injusticia es una forma de complicidad. Así, White encarna la voz de quien sabe que su tiempo y su talento podrían ayudar a corregir algo que está mal, aunque no tenga claro cómo integrarlo en su rutina.

El derecho a pasarlo condenadamente bien

Al mismo tiempo, el autor defiende otra verdad igual de humana: el derecho a disfrutar. No se conforma con un bienestar tibio; quiere “pasarla condenadamente bien”, es decir, vivir con intensidad, humor y placer. Esta exigencia enlaza con la tradición epicúrea, donde Epicuro sostenía que la vida buena es aquella en que cultivamos el placer sereno y evitamos el sufrimiento inútil. Sin embargo, a diferencia del retiro epicúreo, White no propone escapar del mundo, sino disfrutarlo incluso mientras reconoce sus problemas.

La ironía cotidiana de planear el día

La culminación de la cita —“a veces esto hace que planear el día sea difícil”— introduce una ironía suave y profundamente humana. Lo que podría ser un dilema filosófico se traduce en algo tan práctico como organizar la agenda. Esta reducción cómica recuerda a las viñetas de Charles M. Schulz en “Peanuts”, donde grandes angustias morales se encarnan en niños preocupados por el recreo. De este modo, White nos muestra que la gran lucha entre altruismo y hedonismo se decide, muchas veces, en elecciones mínimas: responder correos, salir a marchar o ir a tomar café con amigos.

Hacia una síntesis vital más honesta

A partir de esta tensión, la cita sugiere una salida implícita: no elegir de forma tajante entre sacrificio y placer, sino reconocer que ambos deseos conviven en cualquiera que aspire a una vida plena. En lugar de culpabilizarse por querer disfrutar o por no hacer “lo suficiente” por el mundo, White normaliza el conflicto. Algo similar plantea Viktor Frankl en “El hombre en busca de sentido” (1946), al mostrar que el sentido de la vida suele surgir cuando unimos compromiso con algo más grande que nosotros y la capacidad de encontrar pequeños motivos de alegría. Así, la dificultad de planear el día se convierte en un recordatorio de que vivir bien implica sostener, cada mañana, esta compleja negociación interna.

Aplicar el dilema a nuestra propia vida

Finalmente, la frase nos interpela directamente: ¿cómo equilibrar nuestra energía entre lo que el mundo necesita y lo que nuestro cuerpo y espíritu desean? Una posible lectura práctica es preguntarnos, al comenzar el día, qué pequeña acción mejora un poco nuestro entorno y qué pequeño placer alimenta nuestra vitalidad, sin buscar la perfección en ninguno de los dos frentes. Del mismo modo que White usa el humor para rebajar el peso del dilema, nosotros podemos asumir que la vida no exige una pureza absoluta, sino una intención constante de contribuir, mientras aprendemos también a disfrutar sin culpa.