Intenciones, palabras y el poder de crear realidad

Habla tus intenciones en movimiento; las palabras son las primeras herramientas que usamos para darle forma a la realidad. — Simone de Beauvoir
Del pensamiento a la acción
Simone de Beauvoir nos invita a entender que lo que hacemos comienza mucho antes del gesto visible: nace en la intención y se despliega en la palabra. Antes de mover el cuerpo, movemos el mundo a través de lo que decimos y de cómo lo decimos. De este modo, hablar no es solo describir lo que existe, sino inaugurar una dirección, un horizonte hacia donde se encamina nuestra acción. Así, cada frase que pronunciamos contiene ya, en germen, un modo posible de actuar, de vincularnos, de transformar nuestro entorno.
Las palabras como primeras herramientas
A partir de esta idea, de Beauvoir subraya que las palabras son las primeras herramientas con las que modelamos la realidad. Igual que un artesano necesita sus instrumentos para dar forma a la materia, nosotros necesitamos el lenguaje para organizar lo que sentimos, pensamos y deseamos. En obras como *El segundo sexo* (1949), ella muestra cómo los discursos construyen lo que se considera ‘normal’ o ‘posible’. Así, nombrar una injusticia, una identidad o un deseo no es un acto neutro: es comenzar a darle existencia social, abrir la puerta a que otros lo reconozcan y, eventualmente, lo cambien.
Nombrar para existir y transformar
Desde esta perspectiva, el acto de nombrar se vuelve decisivo. Aquello que no se nombra queda en los márgenes de la conciencia colectiva, mientras que lo que se expresa en palabras gana visibilidad y fuerza. Por eso, los movimientos feministas y de derechos civiles han insistido en crear nuevos términos o resignificar los existentes, tal como se observa en el uso de expresiones como ‘violencia de género’ o ‘techo de cristal’. Al ponerles nombre, se transforman experiencias aisladas en problemas públicos, y esa transformación lingüística abre la posibilidad de una transformación política y cotidiana.
Responsabilidad sobre lo que decimos
Si las palabras dan forma a la realidad, entonces no son inocentes. De Beauvoir, influida por el existencialismo de Sartre, sostiene que estamos condenados a ser libres y, por ello, responsables. Esa responsabilidad se extiende también al lenguaje: elegir cómo hablar de uno mismo, de los demás y del mundo implica elegir qué tipo de realidad estamos alimentando. Insultos, chistes ‘inofensivos’, silencios cómplices o reconocimientos valientes son formas distintas de intervenir en lo real. En consecuencia, hablar se vuelve un acto ético, no solo una costumbre social.
Coherencia entre intención, palabra y movimiento
Además, la frase sugiere una exigencia de coherencia: hablar tus intenciones ‘en movimiento’ implica alinear lo que dices con lo que haces. Para de Beauvoir, la libertad auténtica se realiza en la acción, no en la pura reflexión. De poco sirve declarar ideales de igualdad, justicia o amor si las conductas cotidianas contradicen sistemáticamente esas palabras. Cuando el discurso acompaña al movimiento, el lenguaje deja de ser mera retórica y se vuelve promesa cumplida, testimonio vivo de los valores que se defienden.
Crear futuros posibles desde el lenguaje
Finalmente, entender las palabras como herramientas de realidad abre una dimensión creativa: con ellas no solo describimos el presente, también diseñamos futuros posibles. Al decir ‘puede ser distinto’, ‘merecemos algo mejor’ o ‘yo elijo esto’, ensayamos nuevas formas de existencia. Como muestran los manifiestos políticos y los proyectos artísticos, un cambio profundo comienza a menudo como una frase compartida que cristaliza un anhelo colectivo. Así, siguiendo a Simone de Beauvoir, quien cuida su lenguaje no se limita a hablar sobre el mundo: empieza a reescribirlo.