Modelar el mañana con la arcilla del ahora

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Empieza donde ya están tus manos; modela el mañana con la arcilla de esta hora. — Rumi
Empieza donde ya están tus manos; modela el mañana con la arcilla de esta hora. — Rumi

Empieza donde ya están tus manos; modela el mañana con la arcilla de esta hora. — Rumi

El llamado a comenzar desde lo cercano

Rumi nos invita primero a mirar nuestras propias manos: aquello que ya tenemos, sabemos y somos. “Empieza donde ya están tus manos” sugiere que el punto de partida no es un ideal lejano, sino la realidad inmediata. En lugar de esperar condiciones perfectas, recursos adicionales o la aprobación ajena, el poema nos dirige a lo concreto: nuestro cuerpo, nuestro entorno y nuestras capacidades presentes. Así, la acción deja de ser un proyecto futuro y se convierte en un gesto realizable ahora mismo, con lo que ya está disponible, por pequeño que parezca.

La hora presente como materia prima

Seguidamente, la metáfora de la arcilla otorga al tiempo presente una textura maleable: “la arcilla de esta hora” es el material con el que se da forma al mañana. Como en el taller de un artesano, cada decisión, por mínima que sea, va dejando huella en la obra final. Del mismo modo que Miguel Ángel veía la escultura oculta en el bloque de mármol, Rumi sugiere que el futuro está contenido en germen en el instante que vivimos. Así, el ahora deja de ser un simple tránsito para mostrarse como el verdadero lugar donde se fabrica el destino.

Responsabilidad creativa sobre el futuro

A partir de esta imagen, surge una idea de responsabilidad que no es pesada, sino creativa. Si el mañana se modela con lo que hacemos hoy, entonces no somos meros espectadores del destino, sino coautores. En el espíritu del sufismo, al que pertenece Rumi, la libertad humana se entrelaza con lo divino: Dios ofrece la arcilla del tiempo, pero nuestras manos la trabajan. Esta visión desplaza la queja y la resignación, y nos sitúa en un rol activo donde incluso un gesto pequeño —un aprendizaje, un perdón, una disciplina— participa silenciosamente en la construcción de un futuro distinto.

El poder de los comienzos modestos

Desde esta perspectiva, los comienzos modestos dejan de parecer insignificantes. Una persona que decide escribir hoy una sola página, ahorrar una mínima cantidad o escuchar con atención a alguien cercano está, según la imagen de Rumi, ya modelando su mañana. Historias biográficas como la de Teresa de Calcuta, que empezó con un pequeño colegio en Calcuta en 1948, muestran cómo actos iniciales muy humildes pueden desencadenar obras de gran alcance. Así, la cita nos enseña que la clave no es la magnitud del primer paso, sino la fidelidad a darlo con lo que se tiene a mano.

Vencer la parálisis del perfeccionismo

Además, la frase combate una trampa frecuente: el perfeccionismo que nos impide empezar. Quien espera “el momento ideal” para actuar suele quedar inmóvil, rodeado de planes pero sin obra. Rumi, en cambio, desplaza la atención del escenario perfecto a las manos presentes y a la hora actual. Este cambio de foco suaviza el miedo al error, porque nos recuerda que la arcilla se corrige, se humedece, se vuelve a trabajar. Como en el proceso creativo descrito por Julia Cameron en “The Artist’s Way” (1992), la transformación surge más del movimiento constante que de la planificación impecable.

Vivir el tiempo como colaboración sagrada

Finalmente, al unir manos, tiempo y futuro, la enseñanza propone una manera sagrada de habitar el día. Cada instante se vuelve un taller donde la vida, lo divino y nuestra voluntad cooperan. Así como en Rumi la danza del derviche encarna la unión entre cielo y tierra, aquí nuestras tareas diarias —por simples que parezcan— se cargan de sentido: cocinar, trabajar, estudiar o cuidar a otros se convierten en formas de modelar el porvenir. En consecuencia, el mañana deja de ser una abstracción lejana y empieza a sentirse como una vasija en proceso, siempre abierta a nuevas formas mientras nuestras manos sigan dispuestas a crear.