Remar Hacia la Posibilidad en Aguas Tranquilas

Rema hacia la posibilidad incluso cuando el mar está en calma; el movimiento convoca la marea — Simone de Beauvoir
La quietud engañosa del mar en calma
La imagen del mar en calma sugiere un momento de pausa, comodidad y aparente seguridad. Sin embargo, en la frase atribuida a Simone de Beauvoir, esta quietud también es un riesgo: puede adormecer el deseo de ir más lejos. Así como en sus obras, especialmente en *El segundo sexo* (1949), De Beauvoir denuncia las trampas de la pasividad social, aquí se insinúa que la inmovilidad, aunque parezca paz, también puede ser una forma de renuncia. De este modo, el mar sereno simboliza todas esas situaciones en las que “nada malo ocurre”, pero tampoco nada nuevo llega.
Remar como acto de libertad y proyecto
Frente a esa quietud, la invitación es clara: remar hacia la posibilidad. En la filosofía existencialista de De Beauvoir, la libertad no es un estado, sino un proyecto en marcha: se realiza al elegir y actuar. Remar, entonces, es una metáfora del compromiso con la propia existencia, una forma de negar que el presente lo determine todo. Del mismo modo que en *La plenitud de la vida* (1960) relata su decisión constante de reinventarse, la autora reivindica aquí el movimiento como forma de afirmarse y no quedar atrapada en un rol prefijado.
El movimiento que convoca la marea
La segunda parte de la frase —“el movimiento convoca la marea”— subraya una intuición profunda: el cambio no suele venir solo, hay que provocarlo. El simple hecho de remar, aunque parezca un gesto pequeño, altera el entorno y llama a fuerzas más grandes que uno mismo, como la marea. De manera análoga, en la acción política y feminista que De Beauvoir defendía, los primeros gestos, aparentemente modestos, desencadenan transformaciones colectivas. Así, el movimiento individual se convierte en catalizador de corrientes históricas más amplias.
Riesgo, incertidumbre y ética de la acción
Ahora bien, remar hacia lo posible implica aceptar el riesgo y la incertidumbre. En *La ética de la ambigüedad* (1947), De Beauvoir sostiene que vivir auténticamente supone actuar sin garantías, asumiendo que nuestras decisiones nunca están completamente aseguradas. De esta manera, la metáfora del mar recuerda que no existe navegación sin peligro, pero también que no hay vida plena en puerto. El movimiento, lejos de ser mera agitación, se vuelve una ética: optar por actuar aun cuando nada externo nos obligue a salir de la comodidad.
Cotidianidad: pequeñas remadas que cambian el rumbo
Llevada al terreno cotidiano, esta intuición se traduce en decisiones concretas: iniciar un proyecto creativo sin saber si tendrá éxito, estudiar algo nuevo pese a tener ya un empleo estable, cuestionar roles de género aprendidos aunque el entorno parezca “funcionar”. En todos estos casos, se rema sobre un mar aparentemente tranquilo. Sin embargo, con el tiempo, esos movimientos convocan nuevas oportunidades, relaciones y formas de ser. Así, la imagen marinera de De Beauvoir nos recuerda que la transformación rara vez llega sola: nace del coraje de empezar a remar antes de ver la marea levantarse.
Esperar la marea o crearla
Finalmente, la frase plantea una disyuntiva vital: esperar pasivamente a que la marea cambie o contribuir a que cambie. En lugar de confiar en golpes de suerte o cambios externos, la propuesta de De Beauvoir es claramente activa: el sujeto no se limita a adaptarse a las olas, también las convoca. De esta forma, el consejo “rema hacia la posibilidad” se convierte en un llamado a reconocer nuestro poder co-creador. No controlamos el mar, pero sí el gesto inicial de hundir el remo en el agua y empezar a trazar, con cada brazada, una ruta propia.