Libros como viaje, destino y compañía eterna

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Los libros son el avión, y el tren, y el camino. Son el destino y el viaje. — Anna Quindlen

La metáfora del viaje literario

Cuando Anna Quindlen afirma que “los libros son el avión, y el tren, y el camino”, transforma la lectura en un viaje completo. No se trata solo de pasar páginas, sino de atravesar paisajes emocionales, históricos e imaginarios. Así como un billete abre la puerta a nuevos lugares, cada libro es una invitación a dejar, por un rato, nuestro punto de partida cotidiano. Al mismo tiempo, esta metáfora sugiere movimiento: leer es avanzar, cambiar, dejar atrás ciertas certezas y llegar a otras perspectivas, del mismo modo que un viajero modifica su visión del mundo tras cada trayecto.

El libro como medio de transporte interior

Si un tren o un avión nos desplazan físicamente, un libro mueve algo quizá más profundo: la imaginación y la conciencia. Desde los relatos mitológicos de Homero hasta la ciencia ficción de Ursula K. Le Guin, la literatura ha permitido explorar mundos imposibles de visitar con el cuerpo. A través de las palabras, cruzamos épocas, cambiamos de identidad, nos convertimos en héroes, villanos o testigos silenciosos. De esta forma, los libros actúan como un transporte interior que no necesita combustible ni fronteras, solo atención y curiosidad, conectando lo íntimo con lo universal.

El camino como proceso de transformación

Quindlen no se queda en los vehículos; también menciona el camino, subrayando que la lectura no es solo un punto de salida y llegada, sino un proceso. Así como en el viaje físico acumulamos recuerdos, aprendizajes y encuentros, en la lectura vamos creciendo palabra a palabra. Obras como “El Quijote” o “Cien años de soledad” no se limitan a contarnos una historia: nos acompañan mientras la atravesamos, nos interpelan, nos frustran, nos conmueven. En ese trayecto interior, cambiamos sin darnos cuenta, igual que un caminante que, al llegar, ya no es exactamente el mismo que partió.

Destino y viaje: el doble papel de los libros

Al afirmar que los libros “son el destino y el viaje”, la cita plantea una paradoja fecunda. Por un lado, el destino es ese lugar al que aspiramos llegar: la comprensión, el consuelo, la belleza, la respuesta a una pregunta. Por otro, el viaje es el conjunto de pasos previos: dudas, interpretaciones, relecturas. En novelas de formación como “Jane Eyre” o “El guardián entre el centeno”, el lector no solo observa el viaje del protagonista hacia su destino vital, sino que realiza, al mismo tiempo, su propio trayecto personal. Así, lectura y vida se reflejan mutuamente.

Lectura como experiencia vital compartida

Esta visión de los libros como viaje total también resalta su dimensión compartida. Aunque cada lectura es íntima, se prolonga en conversaciones, clubes de lectura o simples recomendaciones entre amigos. De manera similar a cómo un viajero cuenta sus aventuras al regresar, el lector narra lo que un texto le hizo sentir y pensar. En “La invención de Morel” de Bioy Casares o “La sombra del viento” de Zafón, los propios libros dentro de la historia son motores de encuentro y misterio. Así, la metáfora de Quindlen se completa: los libros no solo nos llevan y nos transforman, también tienden puentes entre quienes se atreven a emprender el mismo viaje.

Elegir qué viaje emprender

Finalmente, entender los libros como medios de transporte, camino y destino pone en nuestras manos una responsabilidad gozosa: elegir a dónde queremos ir. Optar por un ensayo filosófico, una novela policial o un poemario implica decidir qué tipo de experiencia buscamos: reflexión, intriga, consuelo. Igual que al planear unas vacaciones revisamos mapas y expectativas, al seleccionar lecturas diseñamos, sin saberlo, nuestro propio mapa interior. De esta manera, cada estantería se convierte en un aeropuerto de posibilidades, recordándonos que siempre hay un nuevo destino esperando entre las tapas de un libro.