Reclamar la vida con verdad y coraje

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Reclama la página de tu vida con trazos honestos y coloréala sin disculpas. — Jorge Luis Borges

Tomar posesión de la propia historia

La invitación a “reclamar la página de tu vida” sugiere que nuestra existencia se parece a un libro cuya autoría a menudo cedemos a otros: familia, sociedad o miedo. Borges, acostumbrado a jugar con laberintos y espejos, insinúa aquí otro laberinto más íntimo: el de la identidad escrita por manos ajenas. Sin embargo, al usar el verbo “reclamar”, nos recuerda que esa página nos pertenece por derecho propio. De este modo, la vida deja de ser un texto dictado y se convierte en una narración que retomamos con plena conciencia, como quien recupera un manuscrito extraviado para reescribirlo desde la verdad personal.

Trazos honestos frente a las máscaras

Cuando el aforismo pide escribir con “trazos honestos”, se opone directamente a las máscaras que solemos adoptar. En muchos relatos borgeanos, como en “El impostor inverosímil Tom Castro”, la identidad se disfraza con engaños y simulaciones; aquí, en cambio, se propone lo contrario: renunciar a la impostura. Esta honestidad no es solo moral, sino estética y existencial: implica reconocer deseos, miedos y contradicciones sin edulcorarlos. Así, la página de la vida deja de estar llena de frases hechas y se abre a líneas irregulares pero verdaderas, donde lo imperfecto resulta más auténtico que cualquier pose impecable.

Color sin disculpas: el valor de la singularidad

El mandato de “coloréala sin disculpas” agrega un matiz decisivo: no basta con ser honesto, hay que atreverse a ser intenso. En una cultura que premia la moderación aparente, los colores vivos de la personalidad —pasiones, rarezas, cambios de rumbo— suelen ser atenuados por vergüenza o temor al juicio. Borges, que admiraba a personajes desmesurados como los cuchilleros de sus cuentos, reivindica aquí esa desproporción vital. Pintar sin disculpas significa no pedir perdón por existir a plena saturación, asumiendo que la diferencia personal es precisamente lo que salva la vida de ser un simple borrador gris.

Del lector pasivo al autor responsable

Esta imagen literaria también transforma nuestro rol: pasamos de ser lectores pasivos a autores responsables. En “El jardín de senderos que se bifurcan”, Borges explora destinos múltiples coexistiendo en un solo texto; del mismo modo, nuestra vida ofrece posibilidades que se abren o se cierran según los trazos que elijamos. Al reclamar la página, dejamos de culpar exclusivamente al azar o a los otros y aceptamos que nuestras decisiones son líneas que orientan el relato. Así, la metáfora de la escritura se convierte en ética: si escribimos nuestra historia, también respondemos por el tono, las omisiones y los silencios.

Superar la culpa y el miedo al juicio

La frase se cierra con un gesto liberador: vivir “sin disculpas” supone desactivar la culpa excesiva y el miedo permanente a equivocarse. No implica desprecio por los demás, sino renuncia a vivir pidiendo permiso para cada trazo. Tal como ocurre en la literatura, donde un estilo tímido rara vez deja huella, una vida editada para agradar termina perdiendo su fuerza. De este modo, el consejo atribuido a Borges nos empuja a aceptar el riesgo del error y del desacuerdo; solo así los colores cobran profundidad, y la página deja de ser un borrador corregido por todos menos por su verdadero autor.

Construir un estilo de vida como obra

Finalmente, la metáfora convierte la vida en una especie de obra en proceso, cercana a la idea de “estilo” que tanto interesaba a Borges. Así como un escritor depura su voz a través de ensayos y correcciones, cada decisión cotidiana va definiendo nuestro modo singular de estar en el mundo. Reclamar la página, trazar con honestidad y colorear sin disculpas se integran entonces en un proyecto continuo: convertir la biografía en una composición coherente, hecha de errores asumidos y hallazgos luminosos. En ese sentido, no se trata de lograr una obra perfecta, sino una vida firmada con nuestra letra más genuina.