Trazar territorio: del misterio a la claridad

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Traza tu propio territorio; lo desconocido se vuelve familiar mediante un tránsito cuidadoso. — Jorg
Traza tu propio territorio; lo desconocido se vuelve familiar mediante un tránsito cuidadoso. — Jorge Luis Borges

Traza tu propio territorio; lo desconocido se vuelve familiar mediante un tránsito cuidadoso. — Jorge Luis Borges

El llamado a trazar un territorio propio

Borges nos invita, ante todo, a no vivir en mapas ajenos. “Traza tu propio territorio” sugiere que cada persona debe delinear su campo de experiencia, pensamiento y acción, en lugar de limitarse a repetir senderos heredados. Así como en “El Aleph” (1945) el narrador necesita su propia mirada para abarcar lo infinito, aquí el autor insinúa que solo al dibujar nuestros límites y caminos personales podemos comprender el mundo de manera auténtica. No se trata de un acto de rebeldía impulsiva, sino de una afirmación silenciosa de autonomía: tu territorio es aquello que has transitado con atención, aquello que conoces porque lo has vivido, pensado y nombrado tú mismo.

Lo desconocido como espacio de posibilidad

A partir de esta premisa, Borges no presenta lo desconocido como amenaza, sino como un horizonte fértil. Lo que hoy percibimos como extraño o intimidante es, en realidad, un campo aún no explorado por nuestra conciencia. Del mismo modo que en “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941) los caminos múltiples simbolizan futuros posibles, lo desconocido encierra versiones latentes de nosotros mismos. Al verlo así, se disuelve el miedo paralizante y surge la curiosidad: cada territorio nuevo, intelectual o vital, es una oportunidad de expansión si estamos dispuestos a entrar en él con lucidez.

El tránsito cuidadoso como método de conocimiento

La clave, según la frase, está en el “tránsito cuidadoso”. No basta con lanzarse a lo incierto; es necesario avanzar con atención, como quien recorre una biblioteca infinita sin dejarse abrumar. En “La biblioteca de Babel” (1941), el movimiento sistemático entre estanterías sugiere un método dentro del caos. Análogamente, Borges propone que la familiaridad nace de pasos pequeños, observaciones minuciosas, revisiones constantes. Este tránsito paciente implica reflexionar sobre lo vivido, anotar, comparar, preguntar. De este modo, lo desconocido se va cartografiando: deja de ser una mancha informe y se convierte en un mapa con senderos, referencias y nombres propios.

De lo extraño a lo familiar: la transformación gradual

A medida que transitamos con cuidado, se produce una metamorfosis silenciosa: lo extraño comienza a resultar reconocible. Igual que en “Funes el memorioso” (1942) la memoria extrema transforma cada percepción en un detalle único, aquí la repetición atenta convierte lo ajeno en habitual. La familiaridad no surge de un acto mágico, sino de la exposición continuada y reflexiva. Repetir una ruta, estudiar un tema complejo, convivir con una cultura distinta: todo ello, recorrido paso a paso, neutraliza la sensación de amenaza. Así, lo que antes era un territorio nebuloso se vuelve paisaje habitable, incluso entrañable, porque ya hemos inscrito en él nuestras propias huellas.

Autoconstrucción y responsabilidad sobre el mapa vital

Finalmente, trazar nuestro territorio implica asumir responsabilidad sobre el propio mapa vital. Borges sugiere que nadie puede recorrer por nosotros el camino que transformará lo desconocido en hogar. Del mismo modo que en “El Hacedor” (1960) el poeta se reconoce artífice de su destino literario, cada individuo se vuelve arquitecto de sus recorridos. Esta responsabilidad es doble: elegir qué explorar y cómo hacerlo. Así, la frase no solo es una reflexión sobre el conocimiento, sino también una ética de la vida consciente. Al dibujar nuestros contornos con un tránsito cuidadoso, convertimos la incertidumbre en aprendizaje y el mundo en una serie de espacios elegidos, comprendidos y, finalmente, habitados.