Cartografiar el asombro y atravesar sus fronteras

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Crea un mapa del asombro, luego viaja más allá de los bordes. — Kahlil Gibran
Crea un mapa del asombro, luego viaja más allá de los bordes. — Kahlil Gibran

Crea un mapa del asombro, luego viaja más allá de los bordes. — Kahlil Gibran

El mandato doble de Gibran

Gibran formula un mandato doble y armónico: primero crear un mapa del asombro, luego viajar más allá de sus bordes. Es un movimiento de ida y vuelta entre forma e infinitud. El mapa simboliza la claridad: aquello que nombramos, ordenamos y comprendemos. El viaje, en cambio, convoca la apertura a lo desconocido y la metamorfosis. En El Profeta (1923), su prosa está trenzada con imágenes de travesía, mares y vientos, como si la vida entera fuera una embarcación que aprende al navegar. Así, el mapa no es una jaula, sino una rampa de lanzamiento: una preparación para el salto. Pero para que ese salto sea fructífero, hace falta una brújula interior capaz de orientar sin sofocar; esa brújula es el asombro.

El asombro como brújula cognitiva

El asombro dirige la atención hacia vacíos de conocimiento y los vuelve irresistibles. George Loewenstein describió este impulso como brecha de curiosidad: cuando percibimos un hueco entre lo que sabemos y lo que podríamos saber, nace el deseo de cerrarlo (Loewenstein, 1994). Un niño que pregunta «¿por qué el cielo es azul?» no busca un dato, sino un puente; y al cruzarlo, el mundo se agranda. En ese sentido, mapear el asombro significa anotar y organizar estas brechas para convertirlas en rutas: preguntas centrales, hipótesis, primeras coordenadas. Una vez dibujadas, ya no vagamos a ciegas. Sin embargo, con el mapa trazado conviene recordar algo fundamental: toda cartografía es una simplificación de la realidad.

Cartografías imperfectas y sus bordes

Alfred Korzybski advirtió que el mapa no es el territorio (1933): toda representación sacrifica detalles para ganar manejo. Jorge Luis Borges llevó la idea al extremo con la fábula del imperio que confeccionó un mapa a escala uno a uno y lo abandonó por inútil («Del rigor en la ciencia», 1946). Estas imágenes muestran por qué Gibran insiste en ir más allá de los bordes: cuando un mapa deja de descubrir y solo confirma, su función se agota. Así, el límite no es un muro, sino una señal que indica el próximo aprendizaje. Pasar ese borde es aceptar la incompletitud de nuestros modelos y exponerse a correcciones vivas. La historia de la exploración lo confirma y nos ofrece ejemplos concretos.

Exploradores que cruzaron el margen

La primera circunnavegación iniciada por Magallanes y culminada por Elcano (1519–1522) no solo dibujó nuevas rutas; redefinió el tamaño del mundo al precio de incertidumbre, escorbuto y cielos desconocidos. Antes, Ibn Battuta narró su Rihla (c. 1354) atravesando culturas y leyes ajenas, ampliando mapas sociales además de geográficos. Gibran, con su imaginería de puertos y partidas, sugiere esa misma osadía interior: dejar el muelle de lo sabido para que emerja otro horizonte. Hoy, ese gesto puede ser intelectual, artístico o ético: explorar una disciplina vecina, dialogar con quien piensa distinto, o diseñar soluciones fuera de la tradición. Para hacerlo sin perder norte, conviene preparar herramientas concretas para cartografiar el asombro.

Técnicas para dibujar el mapa

Un mapa del asombro puede empezar con mapas mentales popularizados por Tony Buzan en los años setenta: una idea central, ramas de preguntas, conexiones inesperadas. Útil también es un diario de preguntas con «preguntas de borde» marcadas: aquellas que si se responden cambian el resto del mapa. El método Feynman —explicar un concepto con palabras simples y detectar huecos— convierte curiosidad en claridad. Además, elabora un itinerario de ignorancia: lo que no sabes, cómo podrías saberlo y cuál sería el primer microexperimento. Finalmente, define umbrales de evidencia para decidir cuándo abandonar una ruta. Con este mapa vivo, el siguiente paso ya no es el orden, sino el coraje: cruzar las líneas que tú mismo trazaste.

Riesgo, ética y humildad al explorar

Cruzar bordes implica riesgo, por eso la humildad es parte del equipo. La historia de la exploración espacial recuerda el peligro del entusiasmo sin prudencia: el incendio del Apollo 1 (1967) mostró los costos de la prisa. En alpinismo, Ed Viesturs repite que alcanzar la cumbre es opcional; regresar, obligatorio. La ética añade otra capa: no todo lo posible es deseable. Explorar requiere calibrar impacto en personas y ecosistemas, y diseñar «puntos de retorno» si las condiciones cambian. De este modo, la valentía no se opone a la cautela; se apoya en ella. Y así, el viaje más allá del borde conserva su espíritu de descubrimiento sin convertir el desconocido en territorio de daño.

Regresar para ampliar el mapa

Tras la travesía, el cartógrafo vuelve distinto. Trae hallazgos, pero también nuevos criterios para ver. Thomas S. Kuhn mostró que, cuando la anomalía persiste, los mapas científicos cambian de paradigma (1962). En la vida cotidiana ocurre algo similar: el retorno permite revisar supuestos, simplificar lo aprendido y compartir rutas útiles con otros. Convertir la experiencia en mapa —con notas, modelos y relatos— cierra el ciclo y, a la vez, lo reinicia: cada borde cruzado engendra un horizonte fresco. Así, el mandato de Gibran no termina en el viaje, sino en la responsabilidad de cartografiar lo descubierto para que la comunidad pueda ir más lejos. Y entonces, otra vez, habrá que mirar el borde y dar un paso.