Preguntar al mundo y caminar en asombro

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Hazle una pregunta al mundo y deja que el asombro responda con un camino — Clarice Lispector
Hazle una pregunta al mundo y deja que el asombro responda con un camino — Clarice Lispector

Hazle una pregunta al mundo y deja que el asombro responda con un camino — Clarice Lispector

La pregunta como forma de estar vivo

Lispector propone una actitud antes que una técnica: hacerle una pregunta al mundo no es exigir una respuesta inmediata, sino abrir una rendija por la que entra lo real. En vez de dominar la experiencia con certezas, la pregunta nos coloca en una disponibilidad activa, una especie de humildad atenta. A partir de ahí, la vida cotidiana deja de ser mero tránsito y se vuelve interlocutora. Un gesto mínimo—mirar cómo cae la luz sobre una mesa, escuchar una frase al pasar—puede convertirse en una respuesta indirecta, como si el mundo contestara en su propio idioma.

El asombro como respuesta no verbal

Luego, la frase sugiere que quien responde no es la lógica sino el asombro. Esa respuesta es menos un contenido que un estado: no entrega conclusiones, entrega sensibilidad. En la tradición filosófica, Aristóteles abre su Metafísica afirmando que la filosofía nace del asombro; Lispector, en cambio, lo vuelve práctico, casi íntimo: asombrarse como método de orientación. Por eso, la respuesta llega sin necesidad de formularse en palabras. Se manifiesta como un cambio de mirada: lo mismo se vuelve extraño, y en esa extrañeza aparece la posibilidad de comprender de otro modo.

Un camino que se revela caminando

A continuación, la metáfora del “camino” desplaza la idea de solución. No hay una respuesta cerrada, hay dirección. La pregunta abre movimiento, y el asombro—al mantenernos despiertos—va delineando pasos. Es una epistemología del avance: saber algo porque se lo recorre. Aquí resuena la idea de Antonio Machado (“Caminante, no hay camino…”, Proverbios y Cantares, 1912), aunque en Lispector el motor no es la voluntad sino la sorpresa. El mundo no se conquista: se atraviesa, guiados por señales que sólo se ven cuando uno se permite admirarse.

El mundo como interlocutor, no como objeto

En consecuencia, la cita invita a relacionarnos con el mundo como con alguien, no como con algo. Preguntar “al mundo” supone una conversación tácita con la realidad, donde los hechos, los encuentros y hasta los tropiezos actúan como respuestas parciales. Esta relación dialogal suaviza la obsesión por controlar. Así, la vida deja de ser un problema a resolver y se vuelve una presencia que responde con matices. Un día difícil puede contestar con una lección de límite; un día luminoso, con una ampliación de deseo. La respuesta no es uniforme, pero sí orientadora.

Asombro y escritura: el estilo Lispector

Además, leída desde su obra, la frase parece describir el propio acto de escribir. Lispector suele avanzar a fuerza de preguntas, como si la prosa fuera una exploración donde el sentido aparece al borde de lo decible. En La pasión según G.H. (1964), por ejemplo, la narradora descubre que entender no siempre es explicar, sino sostener una experiencia que descoloca. En ese marco, el asombro no es adorno lírico: es la herramienta que permite permanecer cerca de lo verdadero sin apresarlo. La escritura se vuelve camino porque el lenguaje, llevado por la sorpresa, encuentra formas nuevas de decir lo que parecía mudo.

Una ética práctica de la incertidumbre

Finalmente, la cita ofrece una ética: aceptar que no todo se responde con certezas, pero que aun así se puede avanzar. Preguntar al mundo implica tolerar la intemperie de no saber; dejar responder al asombro implica confiar en una brújula sensible, capaz de orientar sin convertirlo todo en fórmula. En términos cotidianos, esto se parece a elegir una pregunta fértil—“¿qué me está mostrando esto?”—en lugar de una pregunta punitiva—“¿por qué me pasa a mí?”. Con esa leve torsión, el asombro no sólo responde: abre un camino habitable.