Sobriedad sensorial y sabiduría interior en Laozi

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Los cinco colores ciegan los ojos; los cinco sonidos ensordecen los oídos; los cinco sabores entorpe
Los cinco colores ciegan los ojos; los cinco sonidos ensordecen los oídos; los cinco sabores entorpecen la boca; correr y cazar por los campos enloquece el corazón; los bienes difíciles de obtener obstaculizan la conducta. Por eso el sabio se guía por el vientre y no por los ojos; por ello desecha aquello y toma esto. - Laozi

Los cinco colores ciegan los ojos; los cinco sonidos ensordecen los oídos; los cinco sabores entorpecen la boca; correr y cazar por los campos enloquece el corazón; los bienes difíciles de obtener obstaculizan la conducta. Por eso el sabio se guía por el vientre y no por los ojos; por ello desecha aquello y toma esto. - Laozi

El exceso que embota los sentidos

Laozi abre con una cadena de imágenes contundentes: colores que ciegan, sonidos que ensordecen, sabores que entorpecen. No se trata de negar los sentidos, sino de advertir que la sobreestimulación vuelve torpe la percepción: cuando todo es intenso, nada se distingue con claridad. Así, lo que debería orientar—ver, oír, gustar—termina confundiendo. A partir de ahí, la frase sugiere una disciplina: reducir el ruido sensorial para recuperar una atención más fina. En el espíritu del Dao De Jing (atribuido a Laozi, s. IV–III a. C.), la lucidez no nace de acumular experiencias, sino de evitar que la avalancha de estímulos arrastre la mente.

Deseo, entretenimiento y desorden del corazón

Tras los sentidos, el texto se desplaza al “corazón” que enloquece con correr y cazar. La caza aquí funciona como símbolo: la persecución incesante de objetivos, excitación y victoria. Lo que parece vigor termina siendo agitación, y la agitación—insinúa Laozi—rompe el centro interno desde el cual se puede vivir con calma. De este modo, el problema no es el movimiento en sí, sino el tipo de movimiento que nace del afán. Cuando la vida se convierte en una carrera por estímulos y trofeos, el corazón deja de ser un lugar de reposo y se vuelve un campo de persecución permanente.

Los bienes difíciles y la conducta torcida

Luego aparece un giro moral: “los bienes difíciles de obtener obstaculizan la conducta”. El deseo por lo raro, lo caro o lo escaso introduce tensiones que deforman decisiones y hábitos. Con tal de conseguirlo, uno empieza a negociar consigo mismo: pequeñas concesiones primero, justificaciones después, hasta que la conducta pierde sencillez. En continuidad con la crítica taoísta al prestigio y la competencia, Laozi apunta a una paradoja cotidiana: lo que se obtiene con gran esfuerzo o rivalidad promete plenitud, pero suele traer comparación, ansiedad y dependencia. Así, el costo no es solo material, sino también ético y psicológico.

El sabio se guía por el vientre

Por eso, dice Laozi, el sabio “se guía por el vientre y no por los ojos”. El vientre representa lo básico: necesidades reales, ritmo natural, suficiencia. En cambio, los ojos simbolizan la seducción de lo vistoso—lo que brilla, lo que provoca, lo que despierta apetitos sin límite. La elección es clara: vivir desde la raíz y no desde la apariencia. Esta imagen no es hedonismo, sino sobriedad. Guiarse por el vientre es atender lo simple que sostiene la vida, y desde ahí recuperar criterio: comer lo necesario, desear con medida, y reconocer cuándo el impulso viene de un vacío fabricado por la mirada.

Desechar aquello, tomar esto: una práctica

El cierre—“desecha aquello y toma esto”—convierte la reflexión en método. No basta con comprender la crítica al exceso; hay que elegir, soltar, simplificar. En términos prácticos, implica renunciar a estímulos que capturan (lo estridente, lo deslumbrante, lo competitivo) para preservar una percepción más limpia y una voluntad menos tironeada. Así, el pasaje propone una higiene interior: menos espectáculo, más sustento; menos persecución, más estabilidad. Y en esa transición, el “sabio” no aparece como alguien que sabe más, sino como quien se deja arrastrar menos, encontrando libertad en la moderación.