Aprender de los otros para mejorarte

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Emplea tu tiempo en mejorarte mediante los escritos de otros hombres para que ganes fácilmente lo qu
Emplea tu tiempo en mejorarte mediante los escritos de otros hombres para que ganes fácilmente lo que otros han trabajado duro para conseguir. — Marco Tulio Cicerón

Emplea tu tiempo en mejorarte mediante los escritos de otros hombres para que ganes fácilmente lo que otros han trabajado duro para conseguir. — Marco Tulio Cicerón

La invitación a una mejora deliberada

Cicerón plantea una estrategia de crecimiento personal que no depende del azar ni de la inspiración momentánea: emplear el tiempo en mejorarse, y hacerlo a través de la lectura de quienes ya han pensado, fallado y refinado ideas antes que nosotros. Su frase sugiere que el progreso interior es un trabajo, pero también que puede volverse más inteligente si elegimos bien las herramientas. Desde el inicio, la idea central es práctica: la lectura no es adorno cultural, sino un método. Allí donde otros tardaron años en ordenar su experiencia, el lector puede acceder a ese orden en horas, con la condición de leer con intención y de convertir lo leído en criterio propio.

Los libros como atajo hacia la experiencia ajena

A continuación, Cicerón propone una forma legítima de “atajo”: no para saltarse el esfuerzo, sino para evitar esfuerzos redundantes. Los escritos guardan concentrados los errores, las pruebas y los hallazgos de otras vidas, de modo que el lector recibe una experiencia ya destilada. En ese sentido, “ganar fácilmente” no significa obtener sin mérito, sino aprovechar un legado intelectual que ya pagó su precio. Algo similar se ve en Séneca, *Cartas a Lucilio* (c. 63–65 d. C.), cuando sugiere escoger buenos autores como compañía moral. Leer es conversar con mentes que han caminado antes; la diferencia es que esa conversación puede repetirse, subrayarse y corregirse.

La humildad de aprender sin empezar de cero

Luego aparece un punto ético: para beneficiarse del trabajo ajeno hay que aceptar que no somos el primer centro del mundo. La lectura exige una humildad activa, porque obliga a escuchar y a someter nuestras intuiciones a comparación. En vez de convertir cada problema en una épica personal, el lector reconoce patrones y se ahorra tropiezos previsibles. Esta actitud conecta con la tradición clásica de la formación del juicio. Cicerón mismo, en *De Officiis* (44 a. C.), vincula la vida buena con la prudencia y el deber; leer a otros es una forma de educar la prudencia, porque introduce matices que la experiencia personal, limitada por tiempo y contexto, tarda mucho en descubrir.

Lectura que transforma: del texto al hábito

Sin embargo, el consejo no se completa con acumular páginas: el verdadero rendimiento de los escritos ocurre cuando se traducen en hábitos. La mejora que Cicerón imagina es práctica: pensar mejor, decidir mejor, vivir mejor. Por eso, leer no es una huida de la vida, sino una preparación para afrontarla con menos improvisación. Un ejemplo cotidiano lo muestra con claridad: quien atraviesa un conflicto laboral puede encontrar en un buen tratado de negociación o en memorias de liderazgo un marco que ordene emociones y opciones. No resuelve automáticamente el problema, pero evita actuar a ciegas. Así, el texto se convierte en método: observar, interpretar y responder con mayor libertad.

Elegir bien a quién escuchar en papel

De forma natural, surge otra pregunta: ¿qué “otros hombres” conviene leer? Cicerón presupone que no toda escritura eleva. La selección es parte de la mejora: autores claros, exigentes, capaces de corregirnos sin halagarnos. En el mundo actual, saturado de opiniones, este filtro importa incluso más que la cantidad de lectura. Plato’s *Republic* (c. 375 a. C.) muestra que educarse no es solo adquirir información, sino orientar el alma hacia lo valioso. Siguiendo esa línea, escoger libros es escoger influencias: cada autor insiste en una idea de justicia, de éxito o de carácter, y el lector termina pareciéndose —para bien o para mal— a lo que frecuenta.

El equilibrio entre herencia y criterio propio

Finalmente, la frase culmina en una paradoja fecunda: aprender de otros para ser más uno mismo. La meta no es repetir, sino ganar “fácilmente” lo que otros lograron “duro” y, con ello, tener más energía para lo que todavía no está escrito: nuestras decisiones concretas. La lectura ahorra tiempo en lo que ya fue explorado y lo reinvierte en discernimiento y acción. En última instancia, Cicerón defiende una economía del crecimiento: usar el legado intelectual como palanca. Quien estudia con seriedad no queda disminuido por la influencia; al contrario, amplía su horizonte y afina su juicio, convirtiendo el esfuerzo de generaciones en una base sólida para una vida más consciente.