Cambiar para vivir: la lección de Franklin

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Cuando terminas de cambiar, estás acabado. — Benjamin Franklin

Un aforismo contra la complacencia

“Cuando terminas de cambiar, estás acabado” condensa una advertencia: estancarse equivale a volverse irrelevante. Franklin, pragmático y experimental, entendió que la vigencia personal y social no es un estado, sino un proceso. Así, la frase no celebra el cambio caprichoso, sino la adaptación consciente, esa disposición a revisar hábitos, creencias y métodos cuando el mundo se mueve. De hecho, su filo no es fatalista, sino liberador: sugiere que el futuro pertenece a quienes conservan la disposición a iterar.

Franklin, un laboratorio de reinvención

La vida del propio Franklin ilustra su tesis. De tipógrafo pasó a inventor y diplomático, combinando curiosidad y método. En su Autobiografía (c. 1771–1790) relata su famoso plan de trece virtudes y una tabla de seguimiento diario, un sistema para ajustar conductas con disciplina incremental. Esa práctica de iteración —parecida a un prototipo moral— muestra que el cambio sostenible nace de ciclos cortos de prueba, evaluación y mejora.

La naturaleza confirma la regla

Si pasamos del taller a la biosfera, la evidencia se vuelve contundente. El origen de las especies (1859) de Darwin muestra que la selección natural favorece variaciones que encajan mejor con entornos cambiantes. No sobreviven los más fuertes en abstracto, sino los más ajustados a su circunstancia. En ese marco, “acabar” es dejar de responder a nuevas presiones; por el contrario, mutación y adaptación mantienen la línea de la vida en curso.

Mercados: adaptarse o desaparecer

La lógica evolutiva también rige en los negocios. Kodak desarrolló la primera cámara digital en 1975, pero priorizó el carrete y perdió el giro que había anticipado. Blockbuster, por su parte, desestimó el streaming que Netflix explotó poco después. Estos casos no son fábulas morales, sino recordatorios prácticos: cuando la proposición de valor deja de cambiar con el cliente y la tecnología, la empresa queda “acabada” antes de que los balances lo confiesen.

Trabajo y aprendizaje continuo

En el plano individual, la aceleración tecnológica obliga a reciclarse. Reportes del Foro Económico Mundial (2023) señalan que casi la mitad de las habilidades laborales cambiarán sustancialmente en cinco años. Por eso emergen estrategias de upskilling y reskilling: microaprendizaje, proyectos breves y ciclos de feedback que convierten el cambio en hábito. Así, el profesional evita el “final” que denuncia Franklin al mantener su empleabilidad en movimiento.

Mentalidad de crecimiento y práctica deliberada

Ahora bien, cambiar no es improvisar: requiere una psicología adecuada. Mindset de Carol Dweck (2006) muestra que la “mentalidad de crecimiento” —creer que la capacidad se desarrolla— impulsa el esfuerzo sostenido. Complementariamente, Peak de Ericsson y Pool (2016) describe la práctica deliberada: metas específicas, feedback inmediato y dificultad progresiva. Juntas, estas ideas ofrecen un guion operativo para iterar con propósito, justo como pretendía Franklin con sus virtudes.

Instituciones que evolucionan

Por último, la tesis alcanza a la vida colectiva. Constituciones con mecanismos de enmienda —como la de Estados Unidos, con 27 modificaciones— y marcos regulatorios que se actualizan —el Reglamento General de Protección de Datos de la UE (2016/2018) frente a la economía digital— muestran cómo las reglas perduran si aprenden. De lo contrario, la desconexión entre norma y realidad las deja, en términos de Franklin, terminadas.