Entender sin muletas: la paradoja de explicar

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Si no puedes entenderlo sin una explicación, no puedes entenderlo con una explicación. — José Sarama
Si no puedes entenderlo sin una explicación, no puedes entenderlo con una explicación. — José Saramago

Si no puedes entenderlo sin una explicación, no puedes entenderlo con una explicación. — José Saramago

Una sentencia que pone a prueba el entendimiento

Saramago condensa en una frase una idea incómoda: hay comprensiones que no nacen de una explicación, sino de una disposición interna a captar el sentido. Si alguien necesita que lo “traduzcan” para poder entender, quizá no le falta información, sino el marco mental —experiencia, sensibilidad, atención— que vuelve inteligible aquello que se le presenta. A partir de ahí, la cita no desprecia la claridad, sino que cuestiona la ilusión de que toda dificultad se resuelve añadiendo palabras. En ese giro irónico, Saramago nos empuja a distinguir entre lo que es verdaderamente explicable y lo que exige, antes, cierta madurez interpretativa.

Explicación versus comprensión: no son lo mismo

Para avanzar, conviene separar dos verbos que solemos confundir: explicar es ordenar razones; comprender es integrar un sentido. Uno puede recibir una explicación impecable y, aun así, no “ver” lo esencial. Ludwig Wittgenstein en sus *Investigaciones filosóficas* (1953) sugiere que entender muchas veces es saber “cómo seguir”, no repetir una definición. De este modo, Saramago apunta a un tipo de comprensión que es práctica y situada. Como cuando alguien puede recitar las reglas del ajedrez pero no sabe anticipar una jugada: la explicación está, la comprensión todavía no se encarna en la mente.

El umbral de experiencia: lo que falta no es teoría

Enseguida aparece el papel de la experiencia. Hay ideas —un duelo, una traición, la responsabilidad de criar, el peso del tiempo— que se conocen desde dentro. Puedes leer sobre el miedo escénico, pero hasta que no te tiembla la voz frente a un público, ciertas frases sobre “controlar los nervios” no aterrizan. Por eso la cita suena tajante: cuando falta el umbral mínimo de vivencia o de atención, una explicación puede convertirse en ruido. No porque el oyente sea incapaz, sino porque aún no ha construido las referencias que vuelven significativo lo que escucha.

La pedagogía y sus límites: enseñar no es volcar datos

Sin embargo, Saramago no obliga a renunciar a enseñar; obliga a enseñar mejor. La buena pedagogía sabe que explicar no basta: hay que guiar hacia la intuición. En educación, Vygotsky describe la “zona de desarrollo próximo” (1934): el alumno entiende con ayuda cuando la tarea está cerca de lo que ya puede hacer; si está demasiado lejos, ni mil explicaciones la vuelven accesible. Así, la frase puede leerse como advertencia docente: si el estudiante no tiene un punto de apoyo, la explicación no es puente, sino monólogo. Lo que toca, entonces, es construir primero el punto de apoyo con ejemplos, práctica y preguntas.

Lenguaje, poder y malentendidos: la explicación como coartada

A continuación surge otra lectura: a veces pedimos explicaciones no para entender, sino para resistir el sentido. En política, en relaciones personales o en ética, alguien puede exigir que se le “explique” lo obvio para retrasar una decisión o para simular neutralidad. La explicación se vuelve una coartada que desplaza la responsabilidad. Saramago, siempre atento a los mecanismos sociales del lenguaje, sugiere que el problema puede estar en la voluntad. Cuando el entendimiento implicaría cambiar de conducta, aceptar una culpa o renunciar a un privilegio, ninguna explicación alcanza, porque lo que falta no es claridad: es consentimiento.

Lo que sí salva: preguntas, ejemplos y tiempo

Finalmente, la frase abre una salida práctica: si una explicación no funciona, quizá la vía no sea explicar más, sino cambiar el camino. Preguntar en lugar de afirmar, mostrar en lugar de definir, acompañar en lugar de corregir. A menudo comprendemos después, cuando algo en la vida hace “clic” y resignifica lo oído. En ese sentido, Saramago no clausura el diálogo; lo depura. Nos recuerda que entender es un acto activo y, a veces, lento: requiere atención, contexto y una disposición a dejarse afectar. Cuando eso aparece, la explicación ya no empuja desde fuera; simplemente confirma lo que, por fin, se ha visto.